miércoles, 1 de noviembre de 2017

Revista nº 84 -Espacio del Poeta

Revista nº 84 -Espacio del Poeta

REVISTA LITERARIA DE HABLA HISPANA

Noviembre  2017




Cristina Del Ama                                                           Óleo sobre lienzo







   La línea del horizonte

 Recorro un sendero precario en medio de un bosque espeso en una primavera fría.
 El lago calmo siempre a mi  izquierda. Un sol pleno ilumina el entorno,  resaltando los colores de las floras que emanan un popurrí de aromas fragantes.
Pierdo la noción del tiempo y como hipnotizada, camino ese paisaje solitario e inquietante. Mi andar es lento y sereno, y el lugar adecuado para reencontrarme con mis pensamientos.  Comprendo que estoy aislada, sin embargo no tengo miedo. Sólo la duda débil de perder el rumbo. Me calma el saber la posición del lago, será mi referente. 
De pronto una pequeña casa surge entre la enmarañada vegetación. Pensé: ¿Será la morada de una bruja?  Mi carcajada se volatilizó con algarabía en el aire. ¡Cuánto hace que no río a carcajadas!
 Llegué a la casa, mejor dicho, a un ventanal inmenso rodeado de piedras rústicas. Detrás del vidrio la figura de una mujer delgada, morocha y  cabizbaja. Su mirada ladeada no  permitía ver sus ojos. Me  acerco a un brillo entre las piedras, es una pequeña campana lustrosa, instintivamente tiro de la soga, el leve tintineo hizo que la mujer levantara la vista, entonces sus ojos celeste cielo me descubrieron. Me impresionó el color de sus ojos, tan claros que parecían vacíos. Me pregunté: ojos de gata o pantera? Una leve palpitación me inquietó.
La mujer parecía estar sola, no esperar a nadie. La vi levantarse dibujando en sus labios una cálida sonrisa de bienvenida. Busca a alguien? - preguntó con voz serena.
No, contesté avergonzada,  sólo un impulso repentino hizo que tocara la campana. Me atrapó el camino y la soledad de este lugar majestuoso.
Sí, es verdad, hace tres años lo he elegido mi paraíso en vida. Desde entonces soy una mujer feliz. Acérquese, suba los escalones, desde esta cresta verá todo el paisaje con más alcance. Subí dudosa, al instante quedé conmovida. Desde ese lugar privilegiado contemplé el Edén. Desde allí se divisaba en plenitud al bosque floreciendo, atrás el lago majestuoso y manso, más allá la línea del horizonte. Ese trazo rectilíneo, que con insolencia,  siempre me hace pensar  que la tierra no es redonda y que en esa recta termina todo. Una recta final, el fin del mundo, la nada absoluta. Abarcada por esos pensamientos perdí la noción del tiempo. Respiré profundo, ahuyenté la teoría del infinito y subí la pedregosa escalera custodiada por los malvones rojos, rubí intenso. Nuevas reflexiones  me desconcentraron. Esta vez la memoria me llevó a Andalucía, a las paredes blanqueadas de sus patios delanteros. Paredes salpicadas de  malvones, también rojos  fuego y a la figura de una señora risueña, con un sombrero calado hasta los ojos, que regaba   cada una de las macetas, con un utensilio casero, un simple palo largo rematado por un tarro de conserva lleno de agua, entonando con alegría y salero una canción.
“Quisiera, quisiera, 
quisiera volverme yedra 
y subir, y subir, 
y subir por las paredes,
y entrar en, y entrar en,
y entrar en tu habitación
para ver el, por ver el,
por ver el dormir que tienes”
Regresé a mi niñez. Mi padre la cantaba todos los días mientras se bañaba. Con tenacidad   mi  infancia me acompaña, ella está adherida a mi piel y como otras tantas veces me hace vivir la vida en dos dimensiones. Dice el refrán: “Si no haces de tu niñez una leyenda es que no has vivido”
Con pasos lentos, la suave mujer se acerca a mí, sentí su mano tomar con suavidad  la mía, con serenidad me murmura: venga, acérquese un poco más. Ante mí se abre un panorama impactante, una cuesta profunda e interminable.  Miré a mi alrededor. Sólo la presencia de un caballo percherón disminuye esa colosal soledad. Me estremecí. Odio los abismos, las alturas me dan vértigo, siempre rechacé los juegos como la montaña rusa, la vuelta al mundo, el martillo…
 ¿Qué hago entonces aquí, al borde de un precipicio sin fin,  junto a una desconocida? ¿Me he vuelto loca? 
Noto un leve mareo que hace oscilar mi cuerpo. Busco con desesperación algo adonde aferrarme, no encuentro nada y me desplomo en el vacío. Voy rebotando en la pendiente, no siento dolor ni angustia. No estoy sola, la línea del horizonte convertida en guillotina me espera.    

Ada Gil-Rosario-Argentina


Desarrollo en estación

Al alba el ruiseñor silba,
canciones de puertas al viento.

Es princesa la primavera
de las estaciones primera,
grande por su clima y color.

Con verdes trajes las hojas
abanican muy coquetas
los perfumes del lugar;
llenas de tonos sutiles
cercan flores en desfiles
cubren el mundo de amor.

El polen se ve como oro,
despide a su madre la flor.
y Los vástagos se recrean
revoloteando el charcal
para establecer su lugar.

La lluvia rosea contenta
a veces fuerte como lenta,
en olor a tierra suculenta
inquieta interpreta un jazz.

El cielo azul se cobija
en el día disfruta el sol;
por las tardes el ocaso
jocoso no hace caso,
pasa cálido a oscuro
lleno de luna y estrellas.

¡Algunos sueñan con planetas
por esta mágica estación!



Ahikza. A. T. Acosta Pinilla- Colombia





Los sentidos
El cansancio vence cuando se viaja lejos del hogar y es entonces que reposamos sobre la butaca del medio de transporte o recostado en un asiento del tren o simplemente reclinando el sitio donde se va a descansar. 
Hasta el momento Eugenia había observado desde su asiento del tren que en su camarote había una señora mayor de buena apariencia y de buenos gestos. Lo conversado mientras eran los horarios de activa lucidez desde el comienzo del viaje. Los rasgos del rostro aunque sus líneas que cruzaban su rostro añejo por los años vividos mostraban un carácter amoroso contando que la esperaba ansiosamente su hija con sus nietos para unas vacaciones largas, al parecer de tres o cuatro meses. Muy arreglada elegantemente vestida con un traje bordó con una flor de colores suaves en la solapa, zapatos de tacos de mediana altura con can can color carne. Se notaba que la piel tanto de su cara como de sus piernas fue cuidada con crema de buena calidad. La piel de sus piernas mostraba muy suaves como piel de seda. El rostro cuarteado por el desgaste del tiempo pero conservaba cierta tersura de mujer coqueta.
Ambas sintiéndose cansadas decidieron cada cual a recostarse en su lugar al faltar dos pasajeros hicieron suyos esos hermosos espacios para dormir al menos unas horas hasta llegar al lugar de destino.
Eugenia sintió entre dormida cada vez que el guarda pasaba por el pasillo del tren observando por la seguridad de los pasajeros evitando seguramente posible delincuencia. También, cada sonido de la bocina del tren era como una campana potente al oído de la joven y un despertar transitorio. En esa leve apertura de sus ojos pudo entre sueño ver las luces de los trenes que viajaban de frente. Sentía en esos instantes la incomodidad del lugar temporal de descanso que no tenía la suavidad que una cama cobija el descanso al dormir. La cadera y el resto del cuerpo notaban la incomodidad porque al estar muy cansada la suavidad estaba ausente al tacto y al faltar una almohada y una cobija por el cambio de la temperatura nocturna hacía incómodo el descanso.
Al darse vuelta dentro de esa incomodidad pudo percibir que la señora compañera de viaje también estaba algo incómoda pero dormía profundamente y al parecer no se estuvo dando vuelta para buscar mejorar su posición de descanso.
Al despertar Eugenia miró que la dama mayor ya había despertado y lucía reluciente como si ya hubiese pasado por una maquilladora profesional puesto que portaba toallitas de limpieza, crema y su lápiz labial rojo bermellón.
Eugenia se puso a tono acomodándose sentándose acomodándose sus pantalones negros, sweater color crema con trenzas anchas y colocándose su abrigo. Luego, abrió su cartera sacando el espejito de un pequeño estuche, crema NIVEA, lápiz de labio color fucsia fuerte con sabor a frutilla y su peine y se puso manos a la obra con el cabello primero y dando la terminación con la yema de los dedos de sus manos que al parecer sentía muy bien al acomodarlo desde la raíz del cabello. Paso siguiente tomo su crema sacando suavemente la tapa y mirando con su espejo comenzó a deslizarla de a pequeñas extracciones suavemente en su rostro jovial. El lápiz delineador verde de ojos rápidamente dejó hermosos los ojos y la mirada de Eugenia. Finalmente llegó el turno de los labios que al deslizarlo sobre los labios carnosos parecían conocerse el uno al otro como amigos desde siempre.
A todo esto mientras todo esto ocurría se vislumbraba por las ventanillas la llegada y el bullicio y sonidos de una ciudad que espera se sentía. Se observaba un lindo paisaje con la luz del día y un sol radiante. Por último, Eugenia sacó su botella de agua mineral mojando sus labios y saciando la sed de las horas transcurridas. Mucha gente esperando a familiares y otros esperando partir de la estación que estaba colmada de gente.
Luego, bajaron juntas en el andén a pesar del sol radiante como era aún invierno estaba el aire muy frío que golpeaba en el rostro de ambas mujeres pero que ya habían resguardado con sus respectivas cremas. El aire fresco como una brisa hizo tornar rosados la piel de las caras de las mujeres y al recibir sus equipajes decidieron compartir un desayuno en la Cafetería de la estación con unas tazas de submarinos con unas ricas medialunas intercambiando sus direcciones postales, e-mails y teléfonos fue el broche de amistad que comenzó en ese viaje. En el intercambio supo el nombre de la bella señora que era Bárbara. Nombre acorde con lo contado por la mujer que de niña estuvo en la Europa de la Segunda Guerra en donde vio morir mucha gente entre esos a su padre y a su abuelo cuando tuvo que abandonar su casa en esa viaja campiña alemana. Sabía que su amiga portaba un nombre valioso y muy valiente y que siempre serían amigas porque ella debía llegar a conocer su familia fruto de la fe y la esperanza del futuro.    
Posteriormente, sobrevino la despedida cada cual con su equipaje. Un abrazo cálido y amoroso de la abuela hacia la joven que fue compartido en la calidez de las  miradas sonriente y continúo al partir de la estación cada cual con su destino. Amistad que perduró en llamadas telefónicas, cartas y algún encuentro personal posterior. 

                    
Ana María Manuel Rosa -San Rafael-Mendoza-Argentina




Antonio Monzonís-Venciendo el tiempo

del libro La mirada de los espacios




Brumas sin  viento
no cubras
el espejo del sol


La maldición
de todos los soles,
secará tu vida sin frailes.

Para que su luz
ilumine la vida

La belleza del paisaje
y mi soledad,
a raves del esplendor,
dará su fruto
con el dolor
de la inocencia

Y el perfume de sus flores,
lidiará
la ironía de la vida.





Antonio Monzonís Guillén- Valencia-España











El lamento de un llanto




Un llanto canta sobre el campo yermo,
capullo que sobre el viento gime,
lleva este dolor mío,
¡negro cuervo!
que no consiente, que mi corazón olvide
Luchando por disipar la terrible tempestad,
su majestad;
-¡la altiva amargura!-,
hierve en trono de lúgubre silencio,
burbujea, sobre la flama que evoca,
el arrebol de un bosque infinitamente denso.
¡Acúname noche!
donde el oscuro páramo,
¡vasto desierto!
no azote sobre mí, la desdichada soledad
Aún la llama azul fulgura en el cieno,
cuidando la esmeralda pradera,
-que mira al cielo-,
buscando aliento muy dentro de la carne,
donde el alma escurre gotas,
gotas de un negro cristal. 


Araceli García-México







Pasajeros de olvido tan humanos






Algún día cuando... ya me haya ido
y arranques mi voz de tu recuerdo,
solitario vagarás por los senderos
donde alguna vez quedamos prisioneros.
Refulgentes de auténticas guerrillas
donde ardió el fuego cual hoguera,
asilada en la mar de las fronteras
subyacente en el camino de la vida.
Y seremos como aquellos pasajeros,
pasajeros del olvido tan humano
donde el ciclo nos vuelve soberanos
y perdemos la batalla en el intento.
Cada quien se asila en sus costas,
poco a poco nos rodea el silencio.
¡Marineros desviados de su rumbo
Si el dolor se asienta, es nuestro duelo!.





Blanca Estela Bj Talchuano- Chile 






Hoy

Del libro Poemas de amor y de olvido

“No me mires”,
dijo el lupino
con su trompa
por parir colores
trans la intensidad
de las hojas

La mariposa  
hilvanaba imágenes
en esa familia
simétrica
eslabonada
en el tallo verde sol,
mientras medía
las palabras:
“Déjame disfrutarte,
si no te miro hoy,
mañana…
será tarde”.



Carlos Alberto Giménez- Ushuaia_ Tierra de Fuego_ argentina




Tras la alambrada





Tras la alambrada, un mundo centenario.
Mundo antiguo y silente. Crece lento.
Habitantes de tierra pobre y cuento.
Sabina albar, reliquia del terciario.

¿Qué pensó al numeraros el becario?
Quizás  tembló y lanzó un suspiro al viento.
Con profundas arrugas, sin aliento
sois presos que vigilan, no a diario.  

Felices a sus pies pastan las vacas,
y entre las hojas llora una sonrisa
al oírse al zorzal y a las urracas.  

Es su petrificado aliento brisa.
Noto algo similar a las resacas,
siento que el tiempo allí no lleva prisa.




 Chelo De la Torre- España




Flor de lupanar



Poema del libro: Penumbra y claridad
Quien sabe que mano impía
de tu verde tallo te fue arrancar
para rodar por la vida
joven flor de lupanar.
Eres flor en el camino
que al caminante al pasar
le das sombra y le das vino
en triste copa de cristal.
En tus estambres otrora
cubiertos de rico polen
se revelan he interponen
con la sombra de tu sino.
Y tu radiante pistilo
y tus pétalos de coral,
lanzas al viento un gemido
que en el viento ha de quedar.
Mas deja ya de llorar
que de tu cáliz derruido
amor y llanto ha de brotar,
y entonces podrás cantar
sin miedo negro a tu sino
que en tu vientre se ha cumplido
lo mismo que en el rosal.

Clotilde Roman-España





Voz novena





A menudo
busco bases de ceniza
o copas imposibles
o alguna otra forma imprecisa
de interrumpir al viento,
de cambiar las cosas de lugar,
de posición o de latido,
desenderezar lo enderezado,
activar lo pausado,
y despertar las tardes de ausencias
como única forma imprecisa
de rasgar la nada,
dejando al todo
en una escueta,
rígida y absurda carencia
de intenciones.



Concha González-España










He venido a por ti






He venido a por ti, 
agazapada en el fantasma
del sueño de anoche.
Él tenía tus manos, 
sus ojos eran tuyos.
Tus labios coloreaban su boca.
El brillo de tu pelo
bañaba de sol sus cabellos.
He venido a por ti,
a sabiendas que su traje,
cubría tus huesos desnudos.
He venido a por ti,
arañando la realidad,
hilando la verdad con la mentira,
creyéndote tan mía,
como este pensamiento,
que dibuja mi verso.
He venido a por ti, 
para engendrar mi soledad 
a tu recuerdo,
y desde allí, acariciarte.




Consuelo Jimenez- España












El muerto que quiso volver a morir


Alejandro murió la noche en que intentó suicidarse.
– Estoy hablando contigo.
– Estás hablando con un cadáver.
– Lo que no consigo entender es por qué has intentado suicidarte. ¿Tan poco significo para ti?
En parte sí que murió. Síndrome de Cotard, decía su psiquiatra.
– ¿Y cómo viven los que están muertos, doctor?
El doctor enmudeció. Nunca había estado muerto.
Y allí estaban. Alejandro creyéndose muerto y Maite maldiciendo. Sintió más el desprecio que la pérdida, pues desde la noche en que la muerte falló Maite había perdido a Alejandro y a sus ganas de seguir luchando.
– ¿No entiendes cómo me siento? ¡Te has cortado las venas en nuestra bañera!
– ¿Cómo quieres que sienta nada si el corazón no me late?
– Estás vivo, yo misma paré la hemorragia.
– Pues no lo hiciste demasiado bien.
– Debí dejarte morir.
Tras varias sesiones médicas, Alejandro comenzó a medicarse y cuando los medicamentos surtieron efecto, sintió de nuevo el aire en sus pulmones. Lo notó demasiado pesado sin Maite. Se asomó al cuarto de baño y recordó el primer aniversario que celebraron en la bañera. Y de nuevo sintió que se moría pero para su desgracia seguía vivo. Así que de nuevo se metió en la bañera.



Cristina Díaz Aragón-España






Nadie está solo 




Pasé unos días bien jodida, vos. Lo que me ayudó fue mi carácter porque si no estuviera enferma, loca tal vez con semejante descubrimiento, aunque no deja de ser una pesadilla. ¿No creés, nada de lo que te digo? Espérate a que sepás los detalles y me vas a dar la razón... ¡! Los ojos se me abrieron como ventanas que el aire con su fuerza empuja y abre ¡! ¡! No te lo puedo creer ¡! La perplejidad me hizo sentarme, mientras el ruido de los hechos me inundó como el frío que en esa época atacaba la salud de los ciudadanos, aunque se protegieran. Sí, vos. Luego de 4 años de dudas, sospechas, preguntas sutiles y respuestas ambiguas, descubrí que el papá era su amante y él un hijo adoptado y todavía tiene el descaro de llamarme, vos. Tenés razón, nadie está solo, nadie. 


Daniel Osorio-Guatemala






Mientras sea posible




Ve mientras sea posible, ella te espera.


Encantada en los bordes pacientemente

nada una piscina más, espera una vez más, para besarte

antes de subir al paisaje ámbar de la habitación.


Desnuda en el agua ligerísima, ella te espera,

ajena al cansancio senil de la madrugada

y a la brevedad de unos días felices que ya terminan.


Ve mientras sea posible, mientras permanece en el agua

ofrecido, el cuerpo que deseas,

el cuerpo que tu escritura nunca podrá nombrar.




Edel Morales-Cuba





Ojos de arena
Del libro  Pupilas voraces


Ojos de arena, descalzos
un cuerpo temblando
amapolas.
No quieren ver 
como rota el mundo
 la tierra, sus afanes.

Los harapos, las hojas 
ceñidas a su cuerpo
caen desarmados.

Será otra la mirada
que empuje a la justicia. 




Etherline Mikëska- Argentina





Cuento para un príncipe (o princesa)

Para Delicia, mi esposa, a quien le gustaban este tipo de cuentos

Había una vez...
Había una vez...
... me parece que este cuento
muchas veces lo conté...

Hay tantos cuentos de princesas y príncipes que no sé cuál elegir para ustedes: Con hadas, sin hadas; altas, petisas;  rubias de ojos azules y de las otras; de cabellos largos y piel como las rosas; con castillos de chiquicientas torres o mas o menos; en fin, como me tengo que decidir por alguno, les voy a contar uno que sucedió hace muy poco en un lugar no muy lejos de donde ustedes están leyendo o escuchando este cuento.
Había una vez una princesa que no era ni linda un fea pero era muy simpática y sabía bien lo que quería en la vida. Además, sus padres la amaban muchísimo; tanto es así que no le regalaban ni joyas ni vestidos caros ni celulares, ni ninguna de esas pavadas, sino libros, y la dejaban pasear por todo el bosque y jugar con quien ella se le diera la gana, porque en vez de hada madrina o magos y magas, gnomos, trolls o elfos, tenía muchos amigos como ella.
Cuando creció, el rey y la reina fueron a su cuarto. Palabra va, palabra viene, en medio de unos riquísimos mates le dijeron que ya era tiempo que eligiera un novio y se casara. El rey estaba cansado de ser rey y quería, con la reina, volver a ser una persona común y corriente, viajar de cuando en cuando, tomarse unas largas vacaciones y ser abuelo de una vez por todas.
La princesa los escuchó y no le pareció nada mala la idea, así que lo único que puso como condición es que le permitieran elegir a ella quién iba a ser su futuro marido. “Al fin y al cabo, yo soy la que me lo voy a tener que aguantar” –les dijo-.
Los padres, como confiaban mucho en su princesita, le dijeron: “Elegí como más te guste” y dándole un beso, se fueron.
Deliana (como se llamaba nuestra princesa) puso un aviso en los diarios de todo el reino y por las dudas también en los de sus vecinos. El aviso, además de una foto de ella, decía más o menos así: “Princesa de un reino muy lindo busca un príncipe que sea bueno para casarse. Nota importante: No hay dragones ni ogros ni gigantes de dos o tres cabezas, tampoco hay brujas ni sirenas que canten. Los espero dentro de una semana en el castillo del rey: avenida tal, a tres cuadras de la estación de servicio”
A la semana se presentaron como mil caballeros en el castillo de los padres de Deliana. Todos estaban vestidos de rigurosa armadura, algunas más relucientes y aceitadas que otras, cabalgando en hermosos caballos adornados con toda clase de insignias.
-Estos locos me van a estropear el jardín y el pasto – dijo la reina- ¿Por qué no se vendrán vestidos con remera y zapatillas como lo hace la gente normal?
-Será un poco difícil elegir entre tanta lata de sardina –le dijo el rey a Deliana.
-Lo veremos –le contestó a su padre como si no tuviera miedo de toda aquella chatarra cabalgante.
Una vez ubicados en el parque, comenzaron a entrar de a uno a la vez. El primero era un tal Sir Nosecuanto, quien sin sacarse la armadura ni levantarse la visera del casco, colocó una rodilla en el suelo y le dijo a la princesa:
-Despide a todos los demás. Yo soy el único hombre indicado para ser tu esposo: Tengo un reino enorme con un gran ejército; treinta magos y veinte astrólogos a mi servicio, todo el oro que desees y además soy muy valiente pues he matado ya quince ogros y diecisiete dragones.
-Vaya, vaya –le contestó la princesa- Y dígame Sir Nosecuanto, ¿sabe usted cambiar el pañal de un bebé?
La pregunta de Deliana debió haber desconcertado mucho al caballero, el cual repitió nuevamente todo lo que había dicho antes sin olvidarse ni siquiera de una coma.
-¡El que sigue! –ordenó la princesa, mientras el príncipe iba retirándose a medida que recitaba “Tengo un reino enorme ...treinta magos y veinte astrólogos... además soy muy valiente...”
Al siguiente candidato no le fue mejor: desplegó ante la princesa una alfombra donde volcó todas las monedas de oro que contenía un enorme cofre llevado, por supuesto, por seis esclavos.
-Y, ¿qué le parece princesa? –le dijo con un gesto bastante sobrador.
Deliana miró las monedas que parecían relucientes como estrellas y le dijo:
-Dígame, ¿de dónde sacó todo esta fortuna?
-De los impuestos que pagan mis súbditos, claro, y ¡ay del que no pague!... ¡Le corto las orejas, le corto!
-¿Y usted cree que una princesa como yo va a tomar una sola de estas monedas sabiendo que usted las juntó haciéndole pasar hambre y miseria a todo su pueblo? ¡Acá no queremos personas como usted! ¡Que pase el que sigue!
-¿Lo qué?
-¡Dije que pase el que sigue!
El tercer enlatado corrió hacia donde estaban los reyes y la princesa, pero antes de que pudiera abrir la boca Deliana le dijo:
-Dígame señor caballero o príncipe, ¿sería tan amable de lavar los platos que están en la cocina?
-¿Eh? – dijo el asombrado príncipe- Pero yo quería decirle que la amo y que...
-Ah, mejor que mejor. Lo tomaré muy en cuenta, pero por favor, láveme los platos que están en la cocina. Tenemos una persona que hace eso, pero en este momento está de vacaciones y alguien tiene que hacerlo, ¿no le parece?
-Pues... si... claro, estoy de acuerdo... Pero con esta armadura, yo....
-Por eso no se preocupe. Mis guardias tendrán la amabilidad de ayudarle a sacársela.
La princesa hizo un gesto y de repente aparecieron cuatro fornidos guardias que “desarmaduraron” al príncipe, quien quedó delante de la princesa, vestido con una camisa a cuadros, pantalón y alpargatas no muy de marca que digamos.
-Así está mejor –dijo ella- Aunque me parece que llevás una ropa demasiado barata para la armadura que tenías.
-La armadura la alquilé –dijo el príncipe poniéndose coloradísimo de vergüenza- No soy pobre pero tampoco tengo dinero suficiente para tener armadura propia.
La princesa lo miró detenidamente y de inmediato hizo que se acercara la cocinera del palacio.
-Este buen príncipe ha tenido la gentileza de ayudar con el lavado de los platos. Acompáñalo a la pileta de la cocina y dile donde está la esponja, el detergente y los repasadores.
El joven siguió mansamente a la cocinera  mientras Deliana volvió a decir: “¡El que sigue!”
Ante ella, con caballo y todo, se presentó un hombre con una armadura que parecía hecha de acero inoxidable. Detuvo su caballo frente al trono y sacando su espada dijo:
-¡Aquí estoy, amada princesa, junto con mi infaltable y nunca vencida espada para matar a todos los dragones, serpientes, dinosaurios, chivos o leones que quedan, o para luchar con todos los gigantes de tu reino y así poder conquistar tu amor, tu adoración, tu veneración, tu...
Deliana lo interrumpió bruscamente y como siguiendo la conversación dijo:
-¿Tú qué sabes hacer?
-Pues matar todo tipo de bestias y hombres; conquistar reinos, mares, islas... en fin, soy un hombre muy valiente y no tengo miedo a nada... ¡Ni a los suegros! 
-¿Sabes cocinar?
-¡Eso es tarea de mujeres o de sirvientas! Mira, mi espada sola pesa 40 kilos...
-O sea, no servís ni para hacer un huevo frito...
-Y, no. Eso lo tienen que hacer los otros. ¡Por algo uno es príncipe, che!... Además, mi caballo....
¡Que pase el que sigue! –gritó la princesa sin siquiera saludar al caballero.
En eso vuelve la cocinera con el lavaplatoso príncipe y, dirigiéndose hacia la princesa, le dice un par de cosas al oído para luego quedarse muy quietecita a su lado.
-¡Perfecto! –dijo para sí.
-¿Sabés hacer tortas fritas?
-Si, mi princesa, pero no veo a que viene tanto pedido... ¿Dónde está mi armadura?
-Quedate tranquilo. Mis guardias la pusieron en una piecita. Bueno, a ver... cuatro o cinco por cada uno de nosotros y... además... Eehhhh, traete tres docenas de tortas fritas.
-Pero princesa, ¿y la cocinera?
-¡Ella no tiene ni idea de cómo se hacen!
-¡Qué remedio! –dijo suspirando el príncipe.
Y acompañando nuevamente a la cocinera, bajó la cabeza y la volvió a seguir a la cocina.
Mientras desaparecían de la sala entró otro caballero junto a un enorme séquito de cortesanos vestidos de lujo. La mitad lo escoltaban por la derecha y la otra por la izquierda.
El caballero se detuvo mientras que sus acompañantes, con la cabeza erguida y rígidos como estatuas, miraban sin pestañear al que estaba enfrente.
Padre, madre e hija se miraron, sorprendidos ante tanto despliegue de pavada.
-Princesa. Como ve usted, vengo a pedirle que sea mi esposa. Esto que usted ve, es sólo una pequeña muestra de lo que hay en mi reino. Le puedo jurar que si yo lo desease, podría hacerlos venir a todos, de rodillas y sin chistar.
-¿Vendrían por su propia voluntad? –preguntó Deliana.
-Por supuesto que no. Ellos no la tienen. Vienen por la mía y punto. ¡El que manda, manda!
-O sea que usted les ordena cuándo deben hacer una cosa y cuando otra; cuando deben ser felices y cuando no...
-¡Exacto!
-¿Y vos te crees que me voy a casar con alguien que después va a decirme lo que tengo o no que hacer? Pero, ¿qué te pasa? ¿Me viste cara de estúpida? ¡El que sigue!
Y así pasaron otros dos o tres más o menos iguales o peores que los anteriores. “¡El que sigue! ¡El que sigue!” iba diciendo la princesa, harta de escuchar tantas gansadas, cuando de repente se presentó el príncipe Felipe con una fuente repleta de tortas fritas.
La princesa se acercó a él y tomando la bandeja le habló así:
-Veo que cocinás bien. Están impecables, como a mí me gustan. Te voy a pedir un último favor antes de dejarte libre. Supongo que sabrás cebar mate.
-Y... si... pero, ¿qué tiene que ver con todo esto? Aún no he podido decirle nada.
-Todo a su tiempo, pero vos sabés que el mate y las tortas fritas son inseparables. Andá, prepará el mate y traelo junto con la pava más grande que encuentres en la cocina. Es lo último que te pido. Después agarrás tu armadura y te vas.
-Si es así... ya veo... Bueno...
No pasaron más que otros dos o tres aburridísimos y ensardinados príncipes, tan iguales a los que se leen en los libros de cuentos o en las películas y tan tontos como ellos, cuando llegó Felipe junto a la cocinera trayendo una pava de ésas que se usan en la cocina para cebarle a todo un regimiento y un mate de calabaza “con yuyitos”, como le gustaba a la princesa, según le había dicho la cocinera.
Entonces Deliana le dijo a los guardias que les dijeran a los príncipes, a sus caballos y a las otras yerbas que quedaban por ahí, que se fueran nomás y que si los necesitaba los volvería a llamar.
Luego trajo una mesita y la puso en medio de todos, cocinera incluida. Colocó servilletas de papel para las tortas fritas y por último le dijo a su padre:
-Papá, ¿podrías levantarte y dejarlo sentarse a Felipe para que se ponga a cebar?
-Por supuesto hija –dijo sonriéndole el rey .
Felipe se sentó donde estaba el padre de Deliana, y el rey, trayendo dos sillas más, se colocó junto a la reina para disfrutar de las tortas fritas y los mates que cebaba Felipe.
Iban por la décima ronda cuando medio tímidamente el príncipe, sin dejar de enviar, recibir, llenar y nuevamente enviar mates la miró a Deliana y le dijo:
-Pero princesa, yo sólo quería decirte que ...
-¿Si, mi rey? ¿Qué querías decirme? ah, claro, la boda. Bueno, algo sencillo. Nada de embajadores ni monarcas de ésos que vienen a comer de arriba. En vez de fiestas, vestidos e interminables preparativos, salgamos un tiempo a caminar por el bosque para conocernos más, porque ya somos novios, ¿no?
-¡Querido yerno! – exclamó entusiasmadísimo el rey.
-¡Hijo mío! – dijo emocionada la reina.
-¡Lo felicito, mi señor! - dijo alegre la cocinera. 
-¡Churrrruuuupppp! – se le oyó decir a la princesa mientras terminaba el mate y que quería decir todo eso y mucho más.
Cuando terminó lo miró como sólo una princesa puede mirar a un príncipe: con los ojos. Pero esta vez le habló con la amabilidad  de los que se aman:
-Bueno Felipe , volvé a tu reino cuando quieras. Eso sí, tomá todo lo que necesitás y regresá lo más pronto posible. Te quiero mucho, ¿sabés? Vos fuiste el único que demostraste que me querías.
No voy a describir todo lo que pasó antes, durante y después de la boda.
Hoy Deliana y Felipe son mucho más felices que antes; quizás sea por eso que su reino es temido por todas las demás superpotencias con o sin corona. 
La cocinera sigue cocinando todavía, interrumpida algunas veces por Felipe que se pone a preparar las tortas fritas y los mates para Deliana, mientras que los abuelos, chochos,  corren a jugar con sus nietos por el parque. 
Eso si, en todo el reino no van a encontrar una sola armadura; ni siquiera la de Felipe, que aún debe estar en ese cuartito (vaya a saber dónde queda)  donde la dejaron para siempre los soldados de la princesa. 




Ezequiel Feito-Argentina






Martirio




Dominado por varias circunstancias
Me he visto doblegado en este mundo
He deambulado como un pobre vagabundo
Sin un techo para esquivar las inclemencias
No he tenido un apoyo en donde fuera
A velar por el sustento de mi vida
Me ha sido mi bregar fatal acometida
Muy difícil de respirar algo siquiera
Las noches me han negado su descanso
Y en mi lecho los recuerdos se abalanzan
No hay momentos de paz todos se lanzan
A estropear algún instante de remanso
Bien quisiera disfrutar de un dulce sueño
Que mitigase por lo menos los pesares
Que culminasen y acabaren los azares
Y de un alivio fugaz yo ser su dueño
Encontrar ese escondite es mi delirio
En do yo pueda sentirme a mis antojos
Secar de tristes lágrimas mis ojos
Y poner punto final a mi martirio

Gonzalo Merino-Pérez- Ecuador




Quise un día para mí








Quise un día para mí
una vida resguardada.
Yo no elegí este doble exilio
entre el silencio y la palabra.
Ni un instante pude evitar estos dolores.
Conciencia : Ajena y mía.
De un abismo a otro vamos,
tan desolados,
tan desconocidos
De este modo cavamos en la noche de una celda.
vivimos y morimos los unos en los otros 
sin reconocernos.










Hector Berenguer-Argentina












Estirpe

Del   libro "Voces de madrugada"



NUESTROS MISMOS OJOS, nuestra misma mirada. Es lo primero que noté al verla. Era conocida como la abortera y remiendavirgos 
más famosa de la ciudad. Había aprendido el oficio de su madre, y esta de la suya que lo heredó a su vez. Sin mediar palabra me indicó que me acostara en la camilla. Cerré los ojos y me dejé hacer. Efectuado su trabajo, la mujer me ayudó a levantarme. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo y entonces, solo entonces, vi en sus ojos la misma mirada triste y ausente que siempre tuvo mi madre.



Jone Miren Asteinza-España







Romulo el pronosticador


“Rómulo el Pronosticador; Un Cuento que demuestra las impredecibles respuestas del comportamiento humano, cualquier ecuación o lógica numérica, como ciencia exacta puede igualmente descifrarse, pero las respuestas instintivas o emocionales de los animales son tan inesperadas como impredecibles.  En la vida deben perseguirse muchas metas,  y la felicidad estará en alcanzar algunas o muchas de ellas.  Quien encadena su empeño en una testarudez, se frustrara al no lograrlo"
Juan De Dios Ardon

 Una cosa es cierta: que de cada ciento gana uno.
Pero eso ¿a mí qué me importa?


El Jugador, II, 12


Nadie desconocía - en su entorno- que Rómulo portaba un arma, salvo su tío Pedro.
En principio, el hecho no revestía mayor gravedad; como, así también, la circunstancia de que, Rómulo, era el hijo de Alfonzo Veichstein.
Un atributo de lo trivial suele ser, a veces, su mudanza hacia lo profundo.
Los hechos ulteriores de este relato, parecen confirmarlo.
Rómulo orillaba los 30 años, era oriundo de San Telmo (Buenos Aires), de complexión más bien esmirriada, pelo rubio rizado y  azules ojos acerados-como su padre-
Si no fuera porque contar las costillas de alguien es una injuria; cualquiera se las habría ya computado, con sólo posar la mano sobre ellas. Sus  facciones denotaban inteligencia, y, a pesar del tics nervioso que le aquejaba y de su extrema delgadez, se podría decir que la naturaleza, había sido indulgente con él.
Rómulo actuaba como si su deseo de jugar fuese una necesidad orgánica básica como respirar, pasear por una alameda, comer o saciar la sed.
 Orondo, sólo pensaba en: deudas, peligros, enredos, algún juego ganado, cientos  perdidos…, y esa sensación de estabilidad emocional a la hora de apostar.
¿Jugador compulsivo? ¿Truhán? ¿Víctima de quién?
Algunas de sus apuestas eran inverosímiles. Una de ellas consistía, mediante un ardid previo, en forzar a un sujeto a expresar una determinada frase. Frase que él pronosticaba de antemano.
Para él se trataba de un juego, y en el intervenían, un apostador ocasional, el sujeto indagado y Rómulo mismo.
Si la persona consultada acertaba a decir dicha frase, el apostador de turno perdía, y Rómulo se alzaba con la apuesta.
Lanzaba sugerentes retos que pagaba 10/1.
Un buen día concibió una apuesta que retribuía $5.000 a $500. La misma consistía  en lograr que un camarero de restaurante,  se vea impelido a decir: “A usted no hay nada que le venga bien”
Salió a la búsqueda de un posible apostador…, y el destino se decantó por Alberto, amigo  de la infancia, sobrio, pero empedernido jugador.
Su amigo aceptó el desafío de inmediato, y acto seguido se dirigieron a un restaurante cercano.
Ambos pidieron el primer plato del menú: consomé de pollo  con espárragos.
A los pocos minutos de haber sido servidos; Rómulo  llamó al camarero y le reclamó:
- Disculpe pero considero que mi consomé está frío. Sería tan amable de recalentarlo por favor.
El camarero le retiró el plato, y, al cabo de poco tiempo, se lo volvió a servir.
Rómulo dejó pasar unos instantes, para llamarlo y volver a insistir:
-Perdón, lo siento. Sería tan cordial de enfriarlo; ahora lo noto muy caliente.- clamó con cierto aire socarrón-
Y el camarero apretó los dientes, y retiró su dichoso consomé…; unos minutos más tarde retornó con el caldo.
Rómulo, sin siquiera darle un sorbo, lo llamó y le recriminó:
-Sabe que ahora lo encuentro frío, podría…
No había terminado aún la frase, cuando el camarero, mirándolo con inquina, le espetó indignado:
- ¡A usted no hay poronga que le venga bien!
Rómulo fijó en él una mirada; pagó la cuenta y  se retiró con el amigo.
Aquí es conveniente aclarar que ambos mantuvieron un diálogo, no exento de tensión. Juan reconoció que, en esencia, el camarero había estado  cerca de pronunciar la frase en juego, pero que, al final, su expresión literal fue otra.
Rómulo le pagó a Alberto los $5000 acordados, y se retiró mascullando rabia.
No pudo conciliar el sueño durante los próximos días.
Cierta mañana, Rómulo, vio pasar el cortejo fúnebre de un vecino del lugar. La fila interminable de coches se había parado, unos instantes,  frente a la casa del occiso, cumpliendo con un ritual típico del lugar.
Se acercó al último automóvil de la comitiva, donde generalmente suelen ir : algún  hijo no reconocido,  odiado por sus medios hermanos, pero amado en vida por el difunto; alguna ex amante; los que no tienen más remedio que ir porque cedieron al pudor, más que a la pena; o los  que aborrecen a los deudos de adelante.
Se paró frente a la ventanilla y  le  hizo señas al conductor para que la bajara.
El hombre, desorientado primero, preocupado después, accedió a su pedido.
Al punto, Rómulo le dijo:
- Caballero; si yo lograra hacerle decir al señor que conduce el primer coche fúnebre, la frase: “Perdón, aquí solo viajan los familiares directos”, o una expresión equivalente…
Rómulo estaba  ilusionado, ya que había logrado introducir una nueva cláusula, que le asegurara acercarse más al resultado que esperaba.
Ahora bastaba con que el sujeto indagado diga la frase literal o una semejante, para que Rómulo ganara el juego.
El desconocido sólo atinaba a observarlo con cierta aprensión.
-¿Pero a qué viene todo esto? ¿Quién es Usted? ¿Pero hágame el favor?– le recriminó a Rómulo, mientras  enfocaba su atención en su mujer que viajaba con él-.
-.Pues mire- siguió insistiendo, Rómulo, con una apremiada dicción fruto de su ansiedad - como le venía diciendo. Si yo lograra hacerle decir la frase que le comenté o algo semejante, yo ganaría $1.000 en caso contrario usted  percibiría  la no despreciable suma de $10.000- duplicando el monto de la puesta-.
- ¡Dale papi, total que pierdes! -dijo su mujer mofletuda y de enormes pechos; mientras le dirigía una mirada sonora y dulce.
El hombre musitó una especie de locución ahogada, imprecisa; pero, al final, terminó aceptando el envite.
Rápidamente, los tres se dirigieron al primer coche del cortejo.
Allí, Rómulo le propuso al chofer:
- Perdón, soy un vecino; sería tan atento de llevarme hasta el cementerio-
-Lo siento pero la empresa me prohíbe trasladar  a más de cinco personas - le respondió un hombre calvo, de cara ajada, como el dedo índice de una pobre costurera.
- ¡Hurra! -gritó el apostador de turno.
Rómulo había perdido el juego nuevamente, y no tuvo más remedio que pagarle la apuesta; mientras  la barrigona, del circunstancial apostador, contaba el dinero con asquerosa avidez.
Los próximos días, Rómulo, los dedicó a reflexionar…Pensó seriamente en abandonar tan ridículo juego, que sólo le traía ruina y sufrimiento.
Al cabo de unas semanas recibió la visita de su  tío Pedro que, a poco de llegar, no dudó en invitarlo a concurrir  al casino.
Al principio dudo; pero luego, aventado por un deseo irrefrenable, aceptó la proposición.
Fue con la idea de no jugar, ni apostar nada que pusiera en juego su paz y su economía.
De pronto se vio en medio de una sala repleta de luces y una gigantesca multitud,  de nocturnas aves.
Sintió la frialdad de su esqueleto frio; la indiferencia de la gente;  por momentos se sintió un intruso. Hay lugares que,  como el alcohol o un recuerdo fugaz, tienen la virtud de mostrar lo mejor o lo peor del ser humano.
Pedro, con el ademán de un hombre resuelto, se dirigió a la primera mesa que encontró; esperó unos instantes; murmuró algo enrevesado, una especie de  cábala mística, y se decidió a jugar.
Apostó un pleno de $100 al seis, colocó $300 sobre la tercera columna, y le colocó $50 al cero, por si las moscas.
Los jugadores de turno arriesgaron una, dos, tres apuestas, y salió…
-¡Colorado el siete! - gritó el crupier.
Pedro ni se inmutó.
A su vez, los ojos de Rómulo se movían al compás del rastrillo del crupier.
Volvió a la carga; esta vez apostó $1.000 al color rojo y $2.000 a la primera columna.
Sobre la ruleta rojinegra se escuchaba el cacareo de la blanca bola que, en todas las direcciones, bailaba.
Pedro permaneció firme y convencido de su suerte.
-Cero. Anunció el crupier con acento hipócrita, como si su voz se arrastrara sobre el paño de la mesa.
Rómulo después de observar a Pedro, algunos segundos, le dijo nervioso:
-¡Te propongo un juego!
Al principio su tío lo miró con apatía. Pero como Rómulo volvió a insistir…
- Está bien, dime – dijo, Pedro, entre dientes.
- Te daré $30.000 si no logro que alguna víbora –autoridad- de esta mesa-, diga la frase: “saltó la banca” o su igual; en su defecto, yo ganaría $3.000.
-¡Estás loco! …No, no. Es imposible. Limítate a jugar.  Hace más de 3 años que nadie ha hecho saltar la banca aquí – berreó Pedro - No tienes ninguna chance. Estás apostando contra todo pronóstico. ¿Acaso seré yo quien me abuse de tamaño disparate?
- Mejor no me hables de estadísticas. Me niego a escuchar tus sensiblerías... ¿Aceptas o no?
Inesperadamente el tics nervioso de su ojo derecho, comenzó a manifestarse mediante ciertos  espasmos, que lo forzaban a cerrarlo completamente;  el mismo iba acompañado de un leve giro lateral de su cabeza, en la misma dirección.
No obstante, había mucha convicción en la expresión de su rostro, que alguien podría tomar, incluso, hasta por enfado.
Pedro, pese al patético cuadro, dudó un instante, y luego exclamó:
-Pues bien, acepto.
Antes de comenzar a jugar, Rómulo, arrastrado por una corazonada, se dirigió a su tío y le encomendó:
-Ora vaya ganando, ora perdiendo. Ora siempre por mí.
Y sin pérdida de tiempo, Rómulo, comenzó a apostar.
Tenía un total de $35.000.  Jugó un pleno de $1.000 al 22. Giró la ruleta y salió el 2.
Pedro cerró los ojos en un gesto de dudosa aflicción.
Rómulo volvió a arriesgar $3.000 al 22.
-¡Hagan sus apuestas señores! - clamó el crupier; enardeciéndolo aún más.
Instintivamente, apostó $5.000 a la primera columna, $1.000 al color negro, y le puso, a último momento, $ 1.000 a la segunda docena, y esperó...
- ¡No va más!... ¡Negro el 22! - exclamó el crupier.
Rómulo sintió temblar sus piernas.
Le pagaron en fichas grandes la suma de $128.000. Un sentimiento de poder se adueñó de todo su ser, conminándolo a apostar con más furor.
Jugó un pleno de $5.000 ---máximo permitido--- al 15, no levantó lo ganado con el negro, y remató el juego apostando $2.000 a la segunda docena, para triangular y reforzar la apuesta.
Giró la bola, y esta vez…
- ¡Negro el 15! -gritó el crupier.
Rómulo clavó su mirada en esa esfera quieta y muda. Para él no había pradera más grande y bella  que esa ruleta.
Lo recordó todo. Recordó el beso a una negra de Harlem, hace ya muchos años,  la primera vez que robó, la pobreza padecida en su infancia, por la adicción al juego de Veichstein. Veichstein, Alfonzo Veichstein, su padre,  revivió –penosamente- las humillaciones sufridas por su madre.
Inesperadamente, las autoridades de la mesa cambiaron al crupier.
Sabemos que cada crupier tiene su propia firma: el momento, el ángulo y la velocidad con que lanza la bola.
Rómulo advirtió la maniobra, pero no le importó… esperó y esperó confiado en su suerte.
Pedro se acercó y le aconsejó que se retirara.
Rómulo lo miró profundamente a sus ojos, con cara de hereje, y le manifestó:
-Mi madre solía decirme: “Antes de aceptar el consejo de alguien, averigua primero sus necesidades”
- ¿Vos sabés, realmente, a qué estoy jugando? ¡Yo no estoy aquí solamente para ganar! ¡Yo estoy aquí para jugar mi jodido juego! Déjame alentar la única esperanza que impulsa a todo jugador: el vano anhelo de conseguir a través del juego,  lo  que nos quitó la vida. Si pierdo tal vez mañana llore mis pérdidas. – articuló a viva voz, mientras su tics nervioso  se acentuaba de forma enérgica, ampliando, aún más,  el ángulo de giro de su cabeza.
Pedro, ante tan dantesco panorama, se llamó a silencio.
Entretanto, Rómulo, siguió apostando.
Le abonaban con fichas de gran valor con las que construía, a su alrededor, pequeñas torres multicolor.
Daba igual el lugar donde las colocara: plenos, mayor, docena, color,…jugada tras jugada, ganaba siempre.
A juzgar por los secreteos y movimientos extraños, entre los funcionarios de la mesa, era evidente que había hecho saltar la banca.
En un abrir y cerrar de ojos, se vio rodeado de apostadores que venían de todas las mesas gritando desaforadamente: “¡saltó la banca!… ¡la banca!… ¡saltó la banca!...”
Algunos le vociferaban imprecisos cumplidos, como si fuera un ídolo; otros lo curioseaban sumidos en la mayor de las quietudes- no en vano, la peor envidia del hombre es la que se revela a través del silencio-
Repentinamente, un hombre lánguido y alto, se acercó a la mesa, y les comunicó, en tono flemático, a todos los apostadores:
-Damas y caballeros: desde hace tres meses que el reglamento de esta casa no admite cerrar una mesa en juego, aun, cuando carezca de fichas para seguir pagando sus apuestas. Si en este caso se procede a su clausura, es porque es la hora de cierre.
De pronto, Rómulo  se estremeció; sintió como si un sudor frio  le estucara el alma.
Es difícil prever, a veces, la conducta del jugador compulsivo. ¿Qué lo lleva a jugar desaprensivamente sabiendo que al final perderá siempre? ¿Qué sentimientos encontrados de, culpa, frustración, placer, o depresión, lo llevan a seguir apostando? ¿Qué juego no pudo jugar de pequeño, que ahora, sin valor para confesarlo, lo lleva a ser niño?
Rómulo le pagó a Pedro su deuda, y extrajo de una de sus medias, ante el asombro de todos, una diminuta pistola belga que descerrajó sobre su sien.
Con su último halito de vida, intentó -en vano-  abrazar el humo y alguna que otra ficha ensangrentada.



FIN



José Rodolfo Espasa Muñoz-Argentina











De banderas y patrias.


No conozco más patria
que el vientre de mi madre,
ni más bandera
que una sábana fresca cubriéndome los sueños;
no creo en más frontera
que un río embravecido
o esa cordillera que rechaza
los diminutos seres que intentan conquistarla.

Mi idioma son palabras compartidas
por las lenguas y oídos que ansían entenderse,
mi cultura
dedos de tejedora milenaria 
y manos de alfarera que juega con el barro.

No os entiendo, dejad que no os entienda,
dejadme ya, no vais a convencerme,
no creo en los paises de mentira,
ni en la idea canija de vuestros patriotismos.

Dejad ya de contarme historias adornadas
que no hablan nunca 
de las madres que lloran,
dejad ya de gritarme vuestro orgullo,
toda esa estupidez de tribu en pie de guerra.

Cread con vuestras manos lo que sea,
un cesto, una red, un cuenco, una lámpara;
escribid un poema, dibujad algo,
un bisonte o una bicicleta,
componed con tres notas
un himno, inventaos un baile,
hablad con vuestros cuerpos,
volved a ser humanos.

Y dejadme ya en paz, con mi patria pequeña,
envuelta en mi bandera de amor y de palabras.

Maite Sánchez Sempere- España- (Desde mi lugar en el mundo).






Viaje al olvido

Se enamoró de una joven guajira, balsera, que gracias a sus encantos logró que la llevaran a Miami, de allí, consiguió por los mismos medios, que la llevarán al Puerto de Las Palmas, pues ella quería estar lo más lejos posible de las miserias que dejaba en su bendita tierra. El simple hecho de estar en el mismo lado del Atlántico, no le valía para olvidar, quería tirar a la mierda toda aquella absurda vaina en la que se había convertido su vida, y estaba tan derrumbada, que no deseaba, para nada, cantar el manicero en la cana en la que la había tocado vivir y, confiaba que, desde el otro lado del mundo, el olvido la borrara de su memoria. Su ilusión era perderse en centroeuropa, donde no habrían guantanameros, ni santiagueros, ni matanceros ni ninguno de sus otros compatriotas. Creció sabiendo que la revolución; era la mayor de las farsas, jamás inventada en Cuba y, que ni los Orishas, te libraban de ella, como si ellos también estuvieran oprimidos por el maldito yugo libertario, algunas veces pensó, que si ellos no estarían también, sacando tajada de tan mala vaina.
Lo único que le aliviaba el hambre a ella y sus seis hermanos pequeños, era su hermoso cuerpo, ella no necesitaba darse coba, para lucir bien linda, era una hembrota de tomo y lomo y manejaba su cuerpo a las mil maravillas, a pesar de sus quince años, su cuerpo era una excelente herramienta de trabajo que le daba para algo más que frijoles. Al principio, que lo hacía a la cañona, lo pasó peor que mal, vomitaba el alma, ya que el estómago estaba vacío, después de cada relación con babosos y asquerosos, gallegos en su mayoría, a cual más pobre diablo e inútil, pues eran incapaces de seducir a las hembras de sus países, y se veían en la necesidad de llegar hasta aquella isla, que otrora era sagrada y, ahora, ni los Orishas, querían saber de ella.
Una vez le dio un patatús, se quedó en cama dos días seguidos, su abuela se acercó a su cama y le habló:
– ¿Qué pinga es la que te singa, mandinga?
Ella le respondió:
– Me saqué la rifa del guanajo, abuela-
y la abuela sin dudarlo:
– Mijita, acere, no afloje que cae.
Después de esto, terminó de vomitar su alma y ya no tenía reparo, lo único que realmente importaba era el baro para la familia y se aliviaba las entrañas, pensando que la necesidad de aquellos pobres diablos, guanajos, que venían cargados de guano, medio saciaban las necesidades de su familia, por lo tanto, ella, no era una vulgar fletera, sino una intercambiadora de necesidades, ella colmaba las de ellos y, ellos, medio colmaban las de ella y su familia. Tuvo mucho baroco con las mongas de las jineteras, que querían joderle el bisnes, aquellas, sí que le daban pena de verdad, jóvenes en su mayoría, inteligentes y con carreras universitarias, ninguneadas en las calles, siendo simplemente objetos sexuales, pero lo más triste era que algunas de ellas se desvivían en ese arte, aunque no sabía, si realmente, le daban más pena los comemierdas de mediotiempo, que se creían que, de verdad, los amaban, cuando lo único que perseguían era su juaniquiqui. Ella se había adaptado a aquella vida perra, todo por la familia, hasta que un día, un gallego comemierda que venía con la urgencia de echar un palo, le pegó la gonorrea, sufría unos dolores horribles, la familia pensó que era un trabajo encargado por las jineteras, que envidiaban la fama que ella estaba alcanzando. La llevaron donde un babalao, compay de su padre, para que éste le hiciera una limpieza, el babalao, les dio unas hierbas y les dijo que se lavara bien el bollo durante nueve días y, que la moronga y los timbales, ni de lejos en el transcurso de un mes. Ella mejoró de su afección y cuando se levantó el último día del mes de restricción en el que ella había visto su bollo como su patria, en ruinas, amaneció con el moño virao y entendió que su familia no la quería sino como el mejor de los bisnes que les podía proporcionar bastante pasta, decidió emprender el vuelo y se aprovechó de los cuatro años de experiencia intercambiando necesidades para abandonar aquella maldita cárcel en la que se había convertido su amada isla.
Cuando entró en Gran Canaria no pensaba quedarse, aceptó de buen gusto los piropos y regalos de aquel chico que tan sólo era tres años mayor que ella y por lo que fue viendo, bastante adinerado. Él perdió el norte por ella, enamorado hasta el tuétano y ella se dejaba querer, esperando el momento de proseguir su viaje hacia el olvido. Se sentía bastante cómoda, ya no sabía lo que eran necesidades, pero ella se seguía acostando por dinero, porque aunque él la amara con locura, ella era incapaz de amar, pues entre vómito y vómito de su alma, también vomitó su corazón.




Manuel Díaz García-España








Anticipo el poema 






cuando el verso
penetra por los poros
de mi cuerpo.
Y se hunde en mi ser,
polvo del tiempo
que recorre mis sueños.
Y todo se convierte
en voz y en eco,
en un canto ancestral,
en llanto y rezo
que viene hasta mí
buscando el viento
que lleva los misterios
de lo incierto.
Por donde voy naciendo,
por donde voy muriendo
hasta ser el Poema inicial
de todo tiempo.

María Cristina Cordido-Argentina





Tras la luna de otoño una estrella
fragmento

Concluyó su visita sin llegar a ninguna conclusión coherente, nunca Dios estuvo presente en sus pensamientos y, aunque quiso hacer como cualquier feligrés, no consiguió conectar de una manera efectiva y salio de la parroquia recuperando su condición de pecador. El sol le encandiló y cerró instintivamente los ojos, al abrirlos y lograr despejar aquella luz cegadora pudo adivinar un cartel de un restaurante que le invitaba a entrar y saborear sus menús. Un camarero le dio la bienvenida y le acomodó mientras esperaba la comida. Quedó satisfecho Tomás y felicitó al cocinero, un placer degustar aquel manjar por ese módico pecio. ¡Café y sonrisa!, dio las gracias por el servicio y salió para continuar su viaje hacia Córdoba donde le esperaba alguien muy especial. Curvas de felicidad iban alternando con pequeñas rectas, la carretera era algo sinuosa, Quiso atravesar el valle de Los Pedroches por una ruta mas corta pero algo peligrosa, solían hacer un rally por allí, sus bosques de pinos la bordeaban haciéndole disfrutar del paisaje. Córdoba le daba la bienvenida, a lo lejos se divisaba la torre de la mezquita, el primer semáforo le hizo pensar, Maria estaba ocupada y aun le quedaba tiempo hasta poder verla y decidió bordear el río y entrar por la ribera. Se detuvo en el puente romano, observaba como el agua rompía entre los contrafuertes que sustentaban los arcos, dando vida a la corriente. Al otro lado La torre de La Calahorra se levantaba solemne dando apertura a la antigua ciudad y mostrando al viajero la. Majestuosidad del Guadalquivir. El aroma que desprendían las guirnaldas cargadas de flores adornando la efigie del arcángel San Rafael, patrón de la ciudad, que flanqueaba el arco el triunfo, abría al mundo la grandiosidad y belleza de una mezquita catedral que no tiene parangón en ningún lugar del mundo. Le proporcionaba altura su torre o minarete situada en una esquina del patio de los naranjos. La historia le fue envolviendo mientras paseaba por aquellas calles, en una pequeña plaza encontró después de de pasar por una hilera de coches de caballos una excavación en la que se adivinaban unas termas árabes, de tiempos del califato de Córdoba, semienterradas entre restos de la muralla romana. Córdoba era así, cada vez que se hacia un desoterrado aparecían restos arqueológicos de alguna de las antiguas culturas, sobre todo romanas y árabes. Quiso gastar el tiempo hasta consumirlo y se sentó en unos bancos, junto al Alcázar de Los Reyes Cristianos, recreando sus sentidos en espera de su mas preciado anhelo, aromas a antigüedad mezclados con el dulce sabor de aquel deseo, las torres de aquel palacio daban sombra a su calor y parecían detener el tiempo a la vez que aceleraban los latidos de su corazón. La tarde le regalaba paz y serenidad haciendo descansar sus miedos. La brisa se colaba entre sus ruegos y la luna le iba dando la bienvenida, estaba oscureciendo la tarde y la soledad era cada vez mas palpable. Se le acercaron unos individuos que le pidieron fuego. El no fumaba pero siempre llevaba en su cartera un pequeño encendedor para las urgencias, a veces era necesario encender algún fuego aunque fuese en contadas ocasiones. Una vez encendido el cigarrillo les notó extraños, comenzaron a increparle, no entendía nada. Trató de tranquilizarles pero no obtuvo recompensa, y en una andanada de voces noto como un dolor intenso se metía en su costado, se tocó y su mano se manchó de sangre. Había vigilado bien a aquellos tres energúmenos pero no se pudo zafar del otro que apareció entre los naranjos y le asestó una puñalada con un estilete. Un sudor frío sintió por su frente y algo le quemaba por dentro. Su mente perdió claridad y su vista se nubló.



Miguel Urbano Perálvez- España




Sombra 



El deseo que amortigua mis palabras, 
alborozado y risueño,
me lleva de la mano...
a lo desconocido.
Busco 
por aceras, por paredes... 
sin encontrar 
el rastro que deje... 
en la esquina del olvido.
Entre muros de cemento 
y colmenas con ventanas, 
con su traje oscuro... quedó 
la prolongación de mi ser.
La suavidad de mis sentidos 
se pierden... 
en los pliegues del camino, 
en las grietas de la tierra...
Activando días interminables 
y noches que no llegan, 
en el recuerdo del silencio... 
está mi sombra, 
toda vestida de negro. 

Neus T.Gómez-España




Más allá de la mirada





Más allá de la mirada
donde convergen  las ideas
todo puede ser bello, sublime.

Más allá de la mirada hay un mundo
irreal, caótico, a veces visionario
donde los pensamientos se confunden,
cristalizan ideas o nacen fobias.

Más allá de la mirada,
donde gobierna la mente,
donde es más patente la lucha
entre el querer y el poder,
emerge en despiadados impulsos
la idea de tu persona.

Más allá de la mirada,
sigues latente, 
bella y amada.



Rafael Serrano Ruiz- España





 El cuaderno deshojado


Del libro: “El cuaderno deshojado” libro Nº 18




El sendero a su casa era estrecho,
a veces el sol entraba sus dedos;
flores azules entre los helechos,
me apabullaban con miles de sueños.

Ella tenía diez luces de cielos,
los girasoles buscaban sus ojos;
yo, apenas once años sin miedos,
cruzaba bosques llenos de abrojos.

Sus padres supieron… no me aceptaron,
no tenía fortuna… no era querido;
pero mis pájaros siempre cantaron.

Seguí viéndola… solo, escondido,
donde el amor, el destino bordaron;
hoy supe qué, hasta hoy me ha querido.



Raúl Ignacio Lario - Argentina.











Herida en tu hermosura



Herida en tu hermosura
Golpeada por el fanatismo ciego
Yo te abrazo: Barcelona

Lloro por la sangre derramada 
Por el horror sin rostro 
que paraliza, sembrando el miedo

 Todos somos víctimas
Todos somos victimarios: 
aunque algunos, más que otros



Susana  Corradetti-Argentina







Abraza fuerte:

Abraza fuerte,
que así te siento intensa,
besa con pasión,
que así el corazón te late desbocado,
deja que mis brazos te envuelvan,
y tibia la piel despacio,
con tu piel se funda,
que así la vida se hace patente,
aun en los detalles,
que enamorados,
al horizonte se proyectan.-
Abraza fuerte, con locura,
como si el tiempo nos quiera arrebatar,
no dejes que la brisa nos espíe,
ni que los colores nos distraigan,
en la delicada faena de amar,
pues esos instantes son tan solo nuestros,
y sin más testigos,
que los suspiros fugitivos del alma.-
Ámame, así como yo te amo;
intensa, con la piel tibia,
con el alma ardiente,
entregada a los versos,
mágica al momento de amar.-


Victor Kartsch-Paraguay




Lo que vivo…en ti
Yo lo que vivo...lo escribo
Lo que escribo, lo vivo
Me imagino...lo vivo
Lo vivo, lo imagino.
Transformar en música el silencio,
es arte puro...
Transformar un sentimiento
en poesía viva...es magia.
Si te enamoro sin tocarte,
es pura poesía…
Vivo para enamorarte
en cada verso que mi corazón
coseche de tu mirada,
y robe de tus besos.
Me tocas, me derrites.
Te toco...te enamoras.
De las rosas
me gustan las espinas,
me recuerdan que vivir...pasión
a veces duele…
El rojo que usas cerca de tu piel
Me pone verde…
El blanco me pone rojo
El calipto me derrite
Burdeo intenso mis anhelos
El negro en tu tibia piel
me transforma en lobo.
Soy la poesía que en tu sangre
llama como fuego y palabra.
Por Artesano me imagino tu piel
En mis manos como greda tibia.
Por Campesino me sueño en tu huerto
Sembrado suspiros como miradas.
Por Minero cavo en tus deseos
Solo con mis labios.
Si te Amo
Nacerá un poema,
Si nace un poema,
Te amaré cada noche
Como si Tú…solamente Tú
Fueses todas las estrellas
Y yo…¡cómo amo las estrellas!…

Walter Pineda- Chile


indice de autores de Espacio del Poeta Noviembre 2017

Nombre
1ºApellido
2ºApellido
titulo
Pais

Ord
Pag
Ada 
Gil

La linea del horizonte
Argentina
84
1
2
Ahikza. A.Teresa
Acosta
Pinilla
Desarrollo en estación
colombia
84
2
4
Ana María
Manuel
Rosa
Los sentidos
Argentina
84
3
5
Antonio
Monzonís
Guillén
Venciendo el tiempo
España
84
4
7
Araceli
García

El lamento de un llanto
México
84
5
8
Blanca
Estela
Bj
Pasajeros de olvido tan humanos
Chile
84
6
9
Carlos Alberto
Giménez

Hoy
Argentina
84
7
10
Chelo
De la Torre

Tras la alambrada
España
84
8
11
Clotilde 
Roman

Flor de lupanar
España
84
9
12
Concha
Gonzalez

Voz novena
España
84
10
13
Consuelo
Jimenez

He venido a por ti
España
84
11
14
Cristina
Diaz
Aragon
El muerto que quiso volver a morir
España
84
12
15
Daniel  
Osorio

Nadie esta solo
Guatemala
84
13
16
Edel
Morales

Mientras sea posible
Cuba
84
14
17
Etherline  
Mikëska

Ojos de arena descalzos
Argentina
84
15
18
Ezequiel
Feito

Cuento para un príncipe (o princesa)
Argentina
84
16
19
Gonzalo 
Merino
Pérez
Martirio
Ecuador
84
17
24
Héctor
Berenguer

Quise un día para mí
Argentina
84
18
25
Jone
Miren
Asteinza
Estirpe
España
84
19
26
José Rodolfo 
Rodolfo
Muñoz
Romulo el pronosticador
Argentina
84
20
27
Maite 
Sánchez
Sempere
De banderas y patrias
España
84
21
32
Manuel
Díaz
García
Viaje al olvido
España
84
22
33
Maria
Cordido

Anticipo el poema
Argentina
84
23
35
Miguel
Urbano

Tras la luna de otoño una estrella (fragmento)
España
84
24
36
Neus T  
Gómez

Sombra
España
84
25
38
Rafael
Serrano
Ruiz
Mas allá de la mirada
España
84
26
39
Raúl Ignacio
Ignacio
Lario
De el cuaderno deshojado
Argentina
84
27
40
Susana 
Corradetti

Herida en tu hermosura
Argentina
84
28
41
Victor
Kartsch

Abraza fuerte
Paraguay
84
29
42
Walter Pineda
Pineda

Lo que vivo en ti
Chile
84
30
43